BIOGRAFÍA DE ALLAN KARDEC


 
Hoy, en el aniversario de la desencarnación del Maestro Allan Kardec, muchos evocan su memoria con profundo respeto, algunos incluso con lágrimas en los ojos. Sin embargo, el verdadero homenaje no se limita a la nostalgia de un día, sino a la fidelidad y respeto con la cual se debe custodiar su Enseñanza todos los días.

Resulta paradójico que, mientras su nombre es exaltado, su legado sea distorsionado por aquellos que, a sabiendas, contribuyen a la divulgación de obras adulteradas, alejadas del rigor con el que codificó la doctrina espírita.

El Maestro Allan Kardec fue meticuloso en su labor, edificando con paciencia y razón una ciencia del espíritu, pero muchos han preferido moldearla a sus propias conveniencias, diluyendo su esencia en dogmas y mistificaciones.

Recordarlo implica más que palabras emotivas; exige un compromiso con la verdad de su Obra. Honrar su memoria no es repetir su nombre, sino preservar intacto el mensaje que dejó, sin añadidos ni deformaciones.

-Héctor Fabio Cardona-
Gaceta Espírita Colombiana


BIOGRAFÍA DE ALLAN KARDEC

Tomada directamente de la REVISTA ESPÍRITA, PERIDÓDICO DE ESTUDIOS PSICOLÓGICOS -Barcelona España- No 1, mayo de 1869.

Bajo la impresión del más profundo dolor causado por la prematura muerte del venerable Maestro Allan Kardec, conocedor profundo de la ciencia espiritista, emprendemos hoy la obligación sencilla y fácil, para su experta y grande inteligencia en la ciencia ya citada, de dar a conocer al público los principios fundamentales en que está basado el Espiritismo, cosa que debemos confesar, sería para nosotros de un peso superior a nuestras débiles fuerzas, sino contáramos con el eficaz concurso de los buenos Espíritus y con la indulgencia de nuestros lectores.

¿Quién, de todos nosotros podría envanecerse de poseer sin ser tachado de presuntuoso, el espírita metódico y de organización con el cual se esclarecen todos los trabajos del Maestro

Sólo su poderosa inteligencia podía concentrar tantos materiales diversos y esparcirlos luego como un benéfico rocío sobre las almas deseosas de ver y amar.

Incisivo, conciso, profundo, sabía agradar y hacerse comprender en un lenguaje, a la vez sencillo y elevado, tan alejado del estilo familiar como de las obscuridades de la metafísica.

Multiplicándose continuamente, había podido hasta aquí, bastar a todo. Sin embargo, el acrecentamiento diario de sus relaciones y el incesante desenvolvimiento del Espiritismo le hicieron sentir la necesidad de procurarse y unirse con algunos auxiliares inteligentes, preparando así simultáneamente la nueva organización de la ciencia y su doctrina, cuando en medio de sus trabajos y grandes afanes nos ha dejado para ir a un mundo mejor a recoger la sanción de su misión cumplida y reunir además los elementos de una obra nueva de sacrificios y estudios.

¡Él era solo! Nosotros nos llamaremos legión, y por más débiles e inexpertos que seamos, tenemos la íntima convicción que nos mantendremos a la altura de la situación, si, partiendo de los principios establecidos y de una incontestable evidencia, nos concretamos a ejecutar, tanto como nos sea posible según las necesidades del momento, los futuros proyectos que por sí sólo se prometía cumplir M. Allan Kardec.

Sin duda alguna tendremos con nosotros el Espíritu del gran filósofo, mientras sigamos la senda por él trazada, y ciertamente que así van a unírsenos también todas las buenas voluntades para que, con nuestro común esfuerzo se cumpla el progreso moral y la regeneración intelectual de nuestra humanidad.

Quiera Dios pueda él suplir nuestra insuficiencia, y podamos nosotros hacernos dignos de su concurso, consagrándonos a la Obra con la abnegación y sinceridad que lo hacemos, ya que no podemos con la ciencia, la inteligencia con que él lo hizo.

El escribió en su bandera estas palabras: TRABAJO, SOLIDARIDAD, TOLERANCIA.

Seamos como él, infatigables; seamos según sus votos, tolerantes y solidarios, y no temamos seguir su ejemplo llevando una y mil veces al terreno de la discusión los principios más discutidos.

Hacemos un llamamiento a todas las luces, a todas las inteligencias y a todas las personas de buena voluntad. Probaremos adelantar con certidumbre antes que, con rapidez, y no serán inútiles nuestros esfuerzos ni menos infructuosos, teniendo el ánimo dispuesto como tenemos a prescindir de toda cuestión personal para ocuparnos única y exclusivamente del bien general.

No podíamos entrar bajo auspicios más favorables en la nueva fase que se abre para el espiritismo, sino haciendo conocer a nuestros lectores en un rápido bosquejo, lo que fue toda su vida; el hombre íntegro y honrado, el sabio inteligente y fecundo, cuya memoria se transmitirá a los siglos futuros rodeada de la aureola de los bienhechores de la humanidad.

Nacido en Lion el tres de octubre de 1804, de una antigua familia que se distinguió en la magistratura y en el foro, M. Allan Kardec (Léon Hypolyte-Denizart Rivail) no siguió esta carrera. Desde su juventud, se sintió inclinado al estudio de las ciencias y de la filosofía.

Educado en la escuela de Pestalozzi en Yverdun (Suiza) fue uno de los discípulos más eminentes de este célebre profesor, y uno de los celosos propagadores de su sistema de educación que, tan grande influencia ha ejercido sobre la reforma de los estudios en Alemania y Francia.

Dotado de una notable inteligencia e inclinado a la enseñanza por su carácter y aptitudes especiales, desde la edad de 14 años enseñaba lo que sabía, a todos aquellos de sus condiscípulos que habían adquirido menos que él. En esta escuela fue donde se desenvolvieron las ideas que debían colocarle más tarde en la clase de los hombres del progreso y de los libres pensadores.

Nacido en la religión católica, pero educado en un país protestante, los actos de intolerancia que sufrió con este motivo le hicieron desde muy temprano, concebir la idea de una reforma religiosa, sobre la cual trabajó en el silencio durante largos años, con el pensamiento de llegar a la unificación de las creencias; pero le faltaba el elemento indispensable a la solución de este gran problema. 

Mas tarde vino el Espiritismo a proporcionarle y a imprimir una dirección especial a sus trabajos. Concluidos sus estudios, vino a Francia.

Como poseía a fondo la lengua alemana, traducía para esta nación diferentes obras de educación y de moral, siendo las obras da Fenelón, sus predilectas por haberle completamente seducido.

Era miembro de muchas sociedades científicas, entre las que figura en primer lugar la Academia real de Arras, la cual, en el concurso de 1831, le coronó por una notable memoria sobre esta cuestión: ¿Cuál es el sistema de estudios más en armonía con las necesidades de la época?

Desde 1835 a 1840, fundó en su domicilio calle de Sévres, cursos gratuitos en los que enseñaba la química, la física, la anatomía comparada, la astronomía, etc. etc.; empresa digna de elogios en todos tiempos, y sobre todo en una época en la que un bien reducido número de inteligencias se arriesgaban a entrar en esta senda.

Preocupado constantemente en hacer amenos e interesantes los sistemas de educación, inventó en la misma época un ingenioso método para enseñar a contar, y un cuadro mnemónico de la historia de Francia, cuyo objeto era fijar en la memoria la fecha de los sucesos notables y de los grandes descubrimientos que ilustraron cada reino. 

Entre sus numerosas obras de educación, citaremos las siguientes: Plan propuesto para el mejoramiento de la instrucción pública, (1828.) Curso práctico y teórico de aritmética, según el método de Pestalozzi, al uso de los profesores y de las madres de familia, (1829.) Gramática francesa clásica, (1831.) Manual de los exámenes para los títulos de capacidad. Soluciones razonadas de las cuestiones y problemas de aritmética y geometría, (1846.) Catecismo gramatical de la lengua francesa, (1848.) Programa de los cursos usuales de química, física, astronomía y fisiología que enseñaba en el LICEO POLIMÁTICO. Dictados normales de los exámenes de la Casa Consistorial y de la Sorbona, acompañados de dictados especiales sobre las dificultades ortográficas, (1849.) obra muy estimada en la época de su aparición y de la que hacía tirar recientemente aun, nuevas ediciones.

Antes que el Espiritismo viniera a popularizar el pseudónimo Allan Kardec, había sabido ilustrarse como se ve, por ¡trabajos de una naturaleza bien diferente, bien que teniendo por objeto ilustrar las masas y unirlas más a su familia y a su país.

Hacia el año de 1850, época que empezó a tratarse de las manifestaciones de los Espiritas, M. Allan Kardec se entregó a perseverantes observaciones sobre este fenómeno, concretándose principalmente a deducir de él las consecuencias filosóficas. Desde luego, pudo ver el principio de nuevas leyes naturales: las que rigen las relaciones del mundo visible con el invisible, reconociendo en la acción de este último, una de las fuerzas de la naturaleza, cuyo conocimiento debía difundir la luz sobre una multitud de problemas, que se creían insolubles, comprendiendo su alcance bajo el punto de vista religioso.

Sus principales trabajos en esta materia son: 

*El libro de los Espíritus, para la parte FILOSÓFICA, cuya primera edición apareció el (18 de abril de 1857.) 
*El libro de los Médiums, para la parte EXPERIMENTAL y CIENTÍFICA. (enero de 1861
*El Evangelio según el Espiritismo, para la parte MORAL. -De aquí se desprende que el espiritismo es CIENCIAFILOSOFÍA y MORAL- 
*(Abril de 1864.) El Cielo y el infierno, o la Justicia de Dios, según el Espiritismo. 
*(Agosto de 1866.) El Génesis, los milagros y las predicciones.
*(enero de 1868.) La Revista Espiritista, periódico de estudios psicológicos, colección mensual empezada el l de enero de 1858

Ha fundado en París el 1 de abril de 1858 la primera sociedad Espiritista constituida regularmente con el nombre de Sociedad Parisiense de estudios espiritistas, cuyo objeto exclusivo es el estudio de todo lo que puede contribuir al progreso de esta nueva ciencia. M. Allan Kardec niega justamente haber escrito cosa alguna bajo la influencia de ideas preconcebidas o sistemáticas; hombre de un carácter serio y de gran calma, ha observado los hechos, y de sus observaciones ha deducido las leyes que les regían. Él ha sido el primero que ha dado la teoría y formado de ellas un cuerpo metódico y regular.

Demostrando que los hechos calificados falsamente de sobrenaturales están sometidos a leyes, les hace entrar en el orden de los fenómenos de la naturaleza, y destruye así el último refugio de lo maravilloso, y uno de los elementos de la superstición.

Durante los primeros años que empezaron a cuestionarse los fenómenos espiritistas, fueron éstas manifestaciones objeto de curiosidad, más que motivo de serias meditaciones. 

El libro de los Espíritus hizo mirar la cosa bajo un aspecto totalmente diferente; abandonáronse entonces las mesas giratorias que no habían sido más que un preludio para formar un cuerpo de doctrina que abrazase todas las cuestiones que interesan a la humanidad.

El verdadero conocimiento del Espiritismo data de la aparición del Libro de los Espíritus, ciencia que hasta entonces no había poseído más que elementos esparcidos sin coordinación, y cuyo alcance no había podido ser comprendido de todo el mundo. Desde este momento fijó la doctrina la atención de los hombres serios, tomando un rápido desenvolvimiento. Adheriéronse en pocos años a estas ideas, personas de todas las clases de la sociedad y de todos los países. Este resultado sin precedente, es debido indudablemente a las simpatías que estas ideas han encontrado; pero también es debido en gran parte a la claridad, que es uno de los caracteres distintivos de los escritos de M. Alian Kardec.

Absteniéndose de las fórmulas abstractas de la metafísica, ha sabido el autor, hacerse leer sin fatiga; condición esencial para la vulgarización de una idea. Su argumentación de una lógica infalible ofrece poco campo a la refutación, y predispone a la convicción en todos los puntos de controversia. Las pruebas materiales que da el Espiritismo de la existencia del alma y de la vida futura tienden a la destrucción de las ideas materialistas y panteístas. Uno de los principios más fecundos de esta doctrina, y que emana de lo que precede, es el de la pluralidad de existencias, vislumbrado ya por una multitud de filósofos antiguos y modernos, y en estos últimos tiempos por Jean Reynaud, Charles Fourier, Eugenio Sue y otros; pero habíase quedado al estado de hipótesis y de sistema, mientras que el Espiritismo demuestra la realidad, y prueba que es uno de los atributos esenciales de la humanidad. De este principio parle la solución de todas las anomalías aparentes de la vida humana, de todas las desigualdades intelectuales, morales y sociales; el hombre sabe así de donde viene, a donde va, para que fin está en la tierra, y por qué sufre en ella.

Las ideas innatas se explican por los conocimientos adquiridos en las vidas anteriores; la marcha de los pueblos y de la humanidad por los hombres de los tiempos pasados que reviven después de haber progresado; las simpatías y las antipatías, por la naturaleza de las relaciones anteriores; estas relaciones que forman la gran familia humana de todas las épocas, dan por base las mismas Leyes de la Naturaleza, y no ya una teoría a los grandes principios de fraternidad, igualdad, libertad y solidaridad universal.

En lugar del principio, fuera de la Iglesia no hay salvación, que conserva la división y la animosidad entre las diferentes sectas, y que ha hecho derramar tanta sangre, el Espiritismo tiene por máxima: fuera de la caridad no hay salvación; es decir, la igualdad entre los hombres delante de Dios, la tolerancia, la libertad de conciencia y la mutua benevolencia.

En lugar de la fe ciega que aniquila la libertad de pensar dice: «no hay más fe inquebrantable que aquella que puede mirar la razón cara a cara en todas las edades de la humanidad. La fe necesita una base, y esta base es la inteligencia perfecta de lo que se debe creer; para creer no basta ver, es menester sobre todo, comprender. La fe ciega no es ya de este siglo; en efecto, el dogma de la fe ciega es precisamente el que hace hoy el mayor número de incrédulos, porque quiere imponerse, y exige la abdicación de una de las más preciosas facultades del hombre: el raciocinio y el libre albedrio.» (Evangelio según el Espiritismo.)

Trabajador infatigable, el primero y último siempre en la Obra, Allan Kardec ha sucumbido el 31 de marzo de 1869, en medio de los preparativos de un cambio de local, que se le hizo necesario por la considerable extensión de sus múltiples ocupaciones. 

Numerosísimas obras que estaba a punto de terminar, o que esperaban el tiempo oportuno de aparecer, vendrán un día a probar más aún la extensión y el poder de sus concepciones

Ha muerto como ha vivido, trabajando. Sufría desde largos años una enfermedad de corazón que no podía ser combatida sino por el descanso intelectual y cierta actividad material; pero completamente entregado a su trabajo negábase a todo lo que podía absorber uno de sus instantes, a costa de sus predilectas ocupaciones. En él, como en todas las almas fuertemente templadas: la espada ha gastado la vaina.

Su cuerpo se hacía pesado y le negaba sus servicios, pero su espíritu más vivo, más enérgico, más fecundo, extendía siempre el círculo de su actividad.

En esta lucha desigual, la materia no pudo resistir por más tiempo. Un día fue vencida. El aneurisma se rompió, y Allan Kardec cayó como herido por el rayo. Desaparecía un hombre de la tierra; pero un gran nombre tomaba lugar entre las ilustraciones de este siglo, un grande espíritu iba a templarse nuevamente en el infinito, donde todos los que había consolado e ilustrado, aguardaban con impaciencia su venida. 

La muerte, decía recientemente, hiere a golpes redoblados las clases ilustres. ¿A quién vendrá ahora a libertar?

Después de tantos otros, él ha ido a regenerarse de nuevo en el espacio, y, a buscar nuevos elementos para renovar su organismo gastado por una vida de incesantes trabajos. Ha partido con aquellos que serán los faros de la nueva generación, para volver luego con ellos a continuar y concluir la obra que dejó entre manos fervientes.

Ya no existe el hombre, pero el alma permanecerá entre nosotros; es un protector seguro, una luz más, un trabajador infatigable con el cual se han acrecentado las falanges del espacio. Como en la tierra, sin herir a nadie, sabrá hacer comprender a cada uno los consejos convenientes. Calmará el prematuro celo de los ardientes, secundará a los sinceros y desinteresados, y estimulará a los tibios. Ve, sabe hoy todo lo que preveía no hace mucho. No está sujeto ya ni a la incertidumbre ni a la perplejidad, y nos hará participar de su convicción haciéndonos palpar el objeto, designándonos la senda con su lenguaje claro y preciso que hacen de él un tipo en los anales literarios.

El hombre no existe ya, lo repetimos; pero Allan Kardec es inmortal, y su recuerdo, sus trabajos, su espíritu estarán siempre con aquellos que sostendrán firme y muy alta la bandera que supo hacer respetar siempre.

Una individualidad poderosa ha constituido la obra; él era guía y la luz de todo. En la tierra la obra reemplazará al individuo. No nos reuniremos alrededor de Allan Kardec, nos reuniremos al rededor del Espiritismo, tal como lo ha constituido; y por sus consejos, y bajo su influencia, adelantaremos con paso cierto hacia las fases felices prometidas a la humanidad regenerada.


-Héctor Fabio Cardona-
Gaceta Espírita Colombiana

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