DOCTRINA DE LOS ÁNGELES CAÍDOS Y DEL PARAÍSO PERDIDO

 


DOCTRINA DE LOS ÁNGELES CAÍDOS Y DEL PARAÍSO PERDIDO. (1)

(1) Cuando en la Revue spirite de enero de 1862 publicamos un artículo acerca de la doctrina de los ángeles caídos, presentamos esta teoría como una hipótesis personal controvertible, porque carecíamos a la sazón, de elementos bastante completos para una afirmación absoluta. Le dimos publicidad a título de ensayo con el objeto de suscitar su examen, dispuestos a abandonarla o modificarla según los resultados. Hoy, esta teoría ha sufrido la prueba de la crítica universal, y no sólo ha sido acogida por la gran mayoría de los espiritistas como la más racional y la más conforme a la Soberana Justicia de Dios, sino que ha sido confirmada por la generalidad de las instrucciones dadas por los Espíritus sobre este asunto. Lo mismo decimos de la que se refiere al origen de la raza adámica.

La palabra ángel, como tantas otras, tiene varias acepciones; se toman indistintamente en sentido de bueno y de malo, porque se dice: ángeles buenos y malos; ángel de luz y de tinieblas; de donde se deduce que en su acepción general significa simplemente Espíritu.

Los ángeles no son seres aparte de la humanidad, creados perfectos, sino Espíritus llegados a la perfección, como todas las criaturas, por sus esfuerzos y su mérito. Si los ángeles fuesen seres creados perfectos, siendo la rebelión contra Dios una prueba de inferioridad, los que se rebelaron no podían ser ángeles, pues tal enormidad no se concibe en seres perfectos, mientras que es muy posible de parte de los que no lo fueran; antes bien, estuviesen muy atrasados.

La palabra ángel por su etimología (de la palabra griega aggélos) significa enviado, mensajero; y no es racional creer que Dios tomase por tales, a seres imperfectos capaces de rebelarse contra él.

Hasta que los Espíritus alcanzan cierto grado de perfección, están sujetos a faltar, tanto en la erraticidad como en estado de encarnación. Faltar es infringir la Ley de Dios, y aun cuando esta Ley esté inscrita en el corazón de todos los hombres a fin de que no tengan necesidad de la revelación para conocer sus deberes, el Espíritu no la comprende sino gradualmente, y a medida que su inteligencia se desarrolla. Quien infringe esta Ley por ignorancia y falta de experiencia, la cual no se adquiere sino con el tiempo, sólo incurre en responsabilidad relativa; más la falta de aquel cuya inteligencia está desarrollada, del que tiene los medios necesarios para ilustrarse, e infringe la Ley voluntariamente haciendo el mal con conocimiento de causa, esa falta es un verdadero acto de rebelión contra el autor de la Ley.

Los mundos progresan físicamente por la elaboración de la materia, y moralmente por la depuración de los Espíritus que lo habitan. La felicidad está en razón de la predominación del bien sobre el mal, y la predominación del bien es el resultado del adelantamiento moral de los Espíritus. El progreso intelectual no basta, porque con sólo la inteligencia pueden hacer el mal.

Luego, pues, que un mundo ha llegado a uno de sus períodos de transformación que debe hacerle ascender en jerarquía, se producen cambios en su población encarnada y no encarnada; y es entonces cuando tienen lugar las emigraciones y las inmigraciones

Los que a pesar de su inteligencia y de su saber, han perseverado en el mal, en su rebelión contra Dios y sus Leyes, serán en lo sucesivo un embarazo para el progreso moral ulterior, una causa permanente de perturbación para el reposo y la felicidad de los buenos; y por lo tanto, son excluidos de él y enviados a mundos menos avanzados en donde aplicarán su inteligencia y la intuición de sus conocimientos adquiridos, al progreso de aquellos entre quienes tienen que vivir, al propio tiempo que expiarán en una serie de existencias penosas y con rudos trabajos, sus culpas pasadas y su obstinación voluntaria.

¿Qué han de ser entre esos pueblos nuevos para ellos, y aún en la infancia de la barbarie, sino ángeles o espíritus caídos enviados allí en expiación? El mundo de que fueron expulsados, ¿No será para ellos un paraíso perdido? ¿No era para ellos aquella tierra un lugar de delicias en comparación del centro -mundo- ingrato en que van a encontrarse confinados por miles de siglos hasta el día que hayan merecido su rehabilitación

El vago recuerdo intuitivo que conservan, es para ellos como un espejismo confuso que les recuerda lo que han perdido por su culpa. Pero al mismo tiempo que los malos han partido del mundo que habitaban, son reemplazados por espíritus mejores, venidos, sea de la erraticidad misma de aquel mundo, o sea de otros menos avanzados, que han merecido dejar por su adelantamiento moral e intelectual, y para quienes la nueva morada es una recompensa. De este modo, renovada la población espiritual y purgada por la eliminación de sus peores elementos, el estado moral de aquel mundo se encuentra mejorado al cabo de algún tiempo.

Estas mudanzas son parciales algunas veces; es decir, limitadas a un pueblo o a una raza, y otras son generales, cuando ha llegado un período de renovación para el globo en que se verifican.

La raza adámica tiene todos los caracteres de una raza proscrita; los espíritus que de ella forman parte, vinieron confinados a la Tierra ya poblada por hombres primitivos sumergidos en la ignorancia, trayendo por misión hacerla progresar con la luz de su inteligencia ya desarrollada

¿Por ventura, no es este el papel que hasta ahora ha hecho en la Tierra

Su superioridad intelectual prueba que el mundo de que procede estaba más adelantado que la Tierra; pero debiendo entrar aquel mundo en una nueva faz de progreso, y no habiendo sabido ponerse esos espíritus a la altura necesaria de ciencia y virtud, a causa de su obstinación, habrían estado en él, muy fuera de su lugar, y habrían sido un obstáculo a la marcha providencial de las cosas; por lo cual fueron excluidos de aquel mundo y reemplazados por otros que merecían aquel favor.

Al relegar Dios a esta raza en esta tierra de trabajos y penalidades pudo con razón decirle: «Con el sudor de tu rostro comerás el pan». 

En su bondad infinita prometió que le enviaría un Salvador, es decir que debía ilustrarla en los caminos por donde pudiera salir de este lugar de miserias, de este infierno, y llegar a la felicidad de los escogidos. Este Salvador lo envió en la persona de Cristo, que enseñó la Ley de amor y de caridad desconocida por ellos, y que debía ser el áncora verdadera de salvación. Cristo no sólo enseñó la Ley, sino que dio el ejemplo de la práctica de esta Ley con su mansedumbre, su humildad y su paciencia, sufriendo sin murmurar los tratamientos más ignominiosos y los más acerbos dolores. Para que tal misión se cumpliese en todos sus puntos, era necesario un Espíritu muy Superior, no sujeto a las debilidades humanas.

También para hacer adelantar a la humanidad en otro sentido, Espíritus Superiores, aunque sin tener las eminentísimas cualidades de Cristo, se encarnan de vez en cuando en la tierra a fin de cumplir misiones especiales, que aprovechan a su adelantamiento personal en gran manera si son desempeñados según las miras del Creador.

Sin la reencarnación, la misión de Jesucristo no tendría objeto, ni tampoco la promesa hecha por Dios

En efecto, supongamos por un instante que el alma de cada hombre es creada al mismo tiempo que el cuerpo, y esa alma no hace más que aparecer y desaparecer en la Tierra. ¿Qué relación tiene con las que vinieron desde Adam hasta Jesucristo, ni con las que han venido después? Todas son extrañas entre sí, fuera de la comunidad de su origen. 

La promesa de un Salvador hecha por Dios no podía aplicarse a los descendientes de Adam si sus almas no estaban aun creadas. Para que la misión de Jesucristo pudiera tener conexión con las palabras de Dios, era preciso que pudieran aplicarse a las mismas almas. Si estas almas son nuevas, no pueden estar manchadas a causa de la falta del primer hombre, que es el padre carnal y no el espiritual; porque de otro modo, Dios crearía almas empañadas con la sombra de una falta que no habrían cometido. 

La doctrina vulgar del pecado original supone, pues, la necesidad de una relación entre las almas del tiempo de Jesucristo y las del tiempo de Adam, y por consecuencia de la reencarnación.

Dígase que todas esas almas formaban parte de la colonia de espíritus relegados a la Tierra, en tiempo de Adam, y que eran partícipes de la falta, por la cual habían sido excluidos de un mundo mejor, y se tendrá la sola interpretación racional del pecado original; pecado peculiar de cada individuo y no resultado de la falta de otro a quien nunca ha conocido.

Dígase que esas almas o espíritus renacen diversas veces sobre la Tierra para progresar y purificarse; que Jesucristo vino a ilustrarlas, no sólo por sus vidas pasadas, sino también para sus vidas ulteriores, y entonces, y solamente entonces, daremos a su misión un objeto real y positivo, aceptable por la razón.

Un ejemplo familiar, notable por su analogía, hará comprender mejor aún los principios y explicaciones anteriores.

El 24 de mayo de 1861, la fragata Iphigénie llevó a Nueva Caledonia, una compañía disciplinaria compuesta de 291 hombres

El comandante de la colonia les dirigió a su llegada una orden del día concebida en los términos siguientes:

«Al poner los pies en esta tierra tan lejana de la patria, ya habréis comprendido el destino que os espera.
«Como nuestros valientes soldados de marina, nos ayudareis a llevar con gloria la antorcha de la civilización a las tribus salvajes de la Nueva-Caledonia: ¿Acaso no es una noble y grande misión? Cumplidla pues, dignamente.
«No desoigáis la voz y los consejos de vuestros jefes: yo estoy a la cabeza de todos; que no se borren de vuestra memoria mis palabras.
«La elección de vuestro comandante, de vuestros oficiales, de vuestros sargentos y cabos, es una prenda segura de los esfuerzos que se han de hacer para conseguir que seáis buenos soldados, y aún más, para elevaros a la dignidad de buenos ciudadanos y transformaros en útiles colonos si lo deseáis.

«Vuestra disciplina es severa, y debe serlo; confiada a mí, será firme e inflexible, tenedlo entendido, y tan justa como paternal sabrá distinguir el error del vicio y de la degradación...»

He aquí hombres expulsados por su mala conducta de un país civilizado y enviados por castigo a un país bárbaro. ¿Qué les dice su jefe? «Habéis infringido las leyes de vuestro país; habéis sido causa de perturbación y de escándalo en él, y se os ha expulsado. Se os envía aquí, pero podéis redimiros; y por medio del trabajo crearos una posición y haceros buenos ciudadanos. Tenéis una bella misión que desempeñar y es la de civilizar estas hordas salvajes. La disciplina será severa pero justa, y nosotros sabremos distinguir a los que se conduzcan honradamente.»

Para estos hombres confinados entre salvajes ¿No es la madre patria un paraíso perdido por su culpa y por su rebelión a la ley? En aquella tierra lejana, ¿No son ángeles caídos? ¿Las palabras del jefe no tienen cierta analogía con las que Dios hizo oír a los Espíritus confinados en la Tierra?

«Habéis desobedecido mis Leyes, por cuya razón os he echado del mundo en que hubierais podido vivir felices; aquí estaréis condenados al trabajo; pero por vuestra buena conducta podréis merecer el perdón y reconquistar la patria que habéis perdido por vuestra culpa, es decir el Cielo.»

A primera vista parece que esta defección está en contradicción con el principio de que los espíritus no pueden retrogradar; pero hay que considerar que no se trata de volver este al estado primitivo; el espíritu, aunque en posición inferior no pierde nada de lo adquirido como tal, su desarrollo moral e intelectual es el mismo, sea el que quiera el centro -mundo- en que se halle colocado. 

Se encuentra en la situación del hombre condenado a presidio por sus fechorías, que está degradado en cuanto a su posición social, pero no por esto se hace más estólido e ignorante.

¿Se creerá que aquellos hombres enviados a Nueva Caledonia van a transformarse súbitamente en modelos de virtud, que van a abjurar sus errores pasados

Sería preciso no conocer a la humanidad para suponerlo; pues del mismo modo, los espíritus de la raza adámica, una vez trasportados a la Tierra de su confinamiento, no se despojarán instantáneamente de su orgullo y malas inclinaciones; han conservado durante mucho tiempo las tendencias de su origen, un resto de la antigua levadura. 

¿No es esto el pecado original

La mancha que traen al nacer, es la de la raza de los Espíritus culpables y castigados a que pertenecen; mancha que pueden borrar con el arrepentimiento, la expiación y la renovación de su ser moral.

El pecado original considerado como la responsabilidad de una falta cometida por otro, es un absurdo sin sentido, y la negación de la justicia de Dios; más por el contrario, si se le considera como consecuencia y residuo de una imperfección anterior del individuo, no sólo lo admite la razón, sino que se encuentra justa la responsabilidad que es consiguiente.

-Allan Kardec-


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