Mensajes de Esperanza, Amor y Fe


() Guardaos de confundir la fe con la presunción. La verdadera fe se aviene con la humildad; el que la posee pone su confianza en Dios más que en sí mismo, porque sabe que, simple instrumento de la voluntad de Dios, nada puede sin Él, y por esto los buenos Espíritus vienen en su ayuda. La presunción más bien es orgullo que fe, y el orgullo es siempre castigado más o menos tarde por los desengaños y las desgracias que sufre.

-Allan Kardec-
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() Los Espíritus del Señor que son las virtudes de los cielos. Así que han recibido la orden, se esparcen por toda la superficie de la tierra como un ejército inmenso, parecidos a las estrellas que caen del cielo, vienen a iluminar el camino y abrir los ojos a los ciegos.

En verdad os digo, que han llegado los tiempos en que todas las cosas deben ser restablecidas en su verdadero sentido para disipar las tinieblas, confundir a los orgullosos y glorificar a los justos.

Las grandes voces del cielo retumban como el sonido de la trompeta, y los coros de Ángeles se reúnen.

Hombres, os convidamos al Divino concierto; que vuestras manos pulsen la lira, que vuestras voces se unan, y que en himno sagrado se extiendan y vibren de una a otra parte del Universo.

Hombres, hermanos a quienes amamos, estamos a vuestro lado; amaos también unos a otros, y decid desde el fondo de vuestro corazón haciendo la voluntad del Padre que está en el cielo: ¡Señor! ¡Señor!, y podréis entrar en el reino de los cielos.

-El Espíritu de Verdad-
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() En el estado de desencarnados, cuando estabais en el espacio elegisteis vuestra prueba porque os creísteis bastante fuertes para soportarla, ¿Por qué murmuráis ahora?

Los que habéis pedido la fortuna y la gloria, fue para sostener la lucha de la tentación y vencerla. ¡Los que habéis pedido luchar con el espíritu y el cuerpo contra el mal moral y el físico, fue porque sabíais que cuanto más fuerte seria la prueba, más gloriosa seria la victoria, y que, si salíais de ella triunfantes, aun cuando vuestra carne se hubiese echado en un muladar, a su muerte dejaría escapar un alma resplandeciente de blancura, y purificada por el bautismo de la expiación y del sufrimiento!

¿Qué remedios podremos dar a los que están acosados por crueles obsesiones y males graves?

Sólo uno hay infalible: la fe, dirigir la vista al cielo. Si en el acceso de vuestros más crueles sentimientos vuestra voz canta al Señor, el Ángel a vuestra cabecera os enseñará con su mano la señal de salvación y el lugar que debéis ocupar un día.

¡La fe! es el remedio cierto del sufrimiento; ella enseña siempre los horizontes del infinito ante los cuales se borran esos pocos días del presente. No preguntéis pues, qué remedio es menester emplear para curar tal úlcera o tal llaga, tal tentación o tal prueba; acordaos que el que cree, es fuerte con el remedio de la fe, y el que duda un segundo de su eficacia es castigado al mismo tiempo, porque en el mismo instante siente las punzantes agonías de la aflicción.

-Agustín de Hipona-

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