LAS RELIGIONES | UN LLAMADO A LA REFLEXIÓN Y LA COMPRENSIÓN DEL CAMINO ESPIRITUAL



Vivimos en un mundo donde las certezas parecieran estar profundamente grabadas en piedra, donde los dogmas que nos imponen los presentan como verdades absolutas e inamovibles, de creencias que nos dan consuelo, pero también sombras que nos separan, de juicios que nos dividen y de mentes cerradas que no permiten que la luz del entendimiento fluya libremente

En este escenario, las religiones han sido a lo largo de la historia, tanto un refugio como una prisión. Han dado fuerza a los seres humanos para soportar los sufrimientos del día a día, y han proporcionado respuestas que en muchos momentos parecían necesarias para enfrentar lo que no se entendía. Sin embargo, también han sido fuente de división, de conflicto, de opresión y persecución

Las religiones con sus dogmas, sus ritos y su autoridad, han forjado una visión del mundo en la que la fe ciega y la obediencia han sido presentadas como las únicas formas de alcanzar la salvación, la verdad y la paz. Nos han enseñado a temer a lo desconocido, a renunciar a nuestra propia esencia espiritual para no ser tildados de hechiceros, a buscar consuelo en la autoridad, a someternos a reglas establecidas sin cuestionarlas, bajo la promesa de alcanzar la vida eterna. Sin embargo, en el corazón de este sistema se encuentra un vacío, una desconexión con el verdadero entendimiento de la vida y la existencia, una desconexión con la autenticidad de nuestro ser más profundo. 

Es importante reconocer que la religión ha desempeñado un papel fundamental en la historia de la humanidad, actuando como un vehículo para transmitir principios de moralidad, respeto y solidaridad. Sin embargo, no se trata de rechazar todo lo que las religiones han aportado, sino de cuestionar las limitaciones de un sistema que, aunque válido para muchos, no es la única vía hacia la comprensión de lo espiritual, lo moral y lo ético. Así como el ser humano crece, aprende y se transforma, también debe evolucionar la forma en que entendemos el conocimiento espiritual y nuestra relación con el mundo. 

A lo largo de la historia, las religiones han sido un sistema que no solo ha guiado a las personas en su vida diaria, sino que también ha establecido límites muy estrictos sobre lo que se considera aceptable en cuanto al pensamiento, el conocimiento y la exploración intelectual. Esto se refleja, por ejemplo, en las acusaciones de hechicería y brujería durante la Inquisición, cuando cualquier desviación de las creencias religiosas dominantes era vista como una amenaza al orden establecido. Hablar de espíritus, de la ciencia o de los planetas, de los misterios del universo o de ideas que iban más allá de lo comprendido por la religión, se consideraba una ofensa grave, un acto de herejía o un pacto con fuerzas oscuras. 

Sin embargo, con el paso de los siglos, lo que una vez se consideró un crimen, una aberración o incluso una herejía, ha sido aceptado como parte del conocimiento humano. La misma Iglesia que persiguió con vehemencia las investigaciones científicas durante la Edad Media y la época moderna, hoy en día no solo reconoce los avances científicos, sino que, en muchos casos los adopta e incluso los fomenta

Por ejemplo, Galileo Galilei, quien fue perseguido por la Iglesia por sus ideas sobre el sistema solar, hoy es visto como uno de los pilares de la ciencia moderna. De igual manera, conceptos como la teoría de la evolución de Darwin, que fueron considerados en su tiempo como contrarios a la doctrina religiosa, hoy son aceptados por muchas denominaciones religiosas, aunque no sin resistencia. 

Este cambio de perspectiva plantea una reflexión crucial: Si las religiones se equivocaron en el pasado al rechazar ideas que hoy son consideradas fundamentales para la ciencia y el entendimiento del mundo; ¿Es posible que estén cometiendo errores similares en la actualidad? ¿Es posible que las creencias y doctrinas actuales sean cuestionadas en el futuro, tal como lo fueron las ideas de la antigüedad

La historia nos enseña que a lo largo del tiempo, lo que se consideraba un error o una blasfemia, ha sido rectificado, pero no siempre debido a la evidencia, sino más bien a un cambio en la percepción social y cultural, o incluso por presiones externas que obligaron a la iglesia y a otras instituciones religiosas a adaptarse

Así como el ser humano ha evolucionado en su comprensión del Cosmos, del Universo y de su propio ser, también es posible que ellas deban evolucionar, reconociendo que sus límites no deben impedir el acceso al conocimiento ni la exploración de la verdad. Si el pasado nos enseña algo, es que lo que hoy creemos infalible, en el futuro puede ser una visión equivocada que necesitará ser revisada. 

La ciencia y la religión, aunque tradicionalmente vistas como opuestas, deberían ser aliadas en la búsqueda de la verdad. La ciencia busca comprender los misterios del Universo a través de la evidencia y la razón, mientras que la religión, al menos en sus formas más abiertas y evolucionadas, puede proporcionar un marco ético y moral que nos guíe en cómo utilizar ese conocimiento de manera responsable. Sin embargo, si las instituciones religiosas continúan cerrando la puerta al conocimiento y aferrándose a visiones del mundo obsoletas, corren el riesgo de repetir los errores del pasado y quedar atrapadas en su propio dogmatismo, olvidando que la búsqueda de la verdad es un viaje continuo y en constante cambio. 

Por lo tanto, la reflexión que surge de este análisis es clara: si las religiones han cometido errores en el pasado y han rectificado sus posiciones, es posible que en el futuro sigan cometiendo nuevos errores. La clave está en reconocer que la evolución del pensamiento humano es inevitable, y que las instituciones religiosas deben estar dispuestas a adaptarse, aprendiendo de sus propios errores, no para abandonar su esencia, sino para seguir acompañando a la humanidad en su búsqueda por entender lo espiritual y lo moral sin fanatismos

Por ello, es crucial que entendamos que el camino hacia el conocimiento no debe ser cerrado ni exclusivo de ninguna ideología, sino que debe ser abierto, amplio y adaptable, permitiendo que cada individuo explore su propio camino espiritual. Este camino libre de dogmas, debe de estar basado en el principio del libre albedrío y la responsabilidad personal. No es un camino fácil, pues nos obliga a cuestionar nuestras creencias más arraigadas y mirar en nuestro interior con valentía y sin miedo a la verdad, por incómoda que sea. 

Es importante señalar que, en nuestra búsqueda de conocimiento espiritual no podemos caer en el otro extremo de creernos poseedores de la verdad absoluta, como si nuestra visión del mundo fuera la única válida, ni considerarnos superiores a los demás por el simple hecho de estar en un proceso de aprendizaje. 

El orgullo y la vanidad son trampas del ego que nos alejan de la humildad necesaria para seguir aprendiendo y evolucionando. Nos autoengañamos cuando creemos tener todo resuelto sin haber comprendido completamente las complejidades de la existencia, cuando por orgullo despreciamos a quienes tienes sed de conocimiento, suponiendo que no tienen nada que aportar. A veces, en nuestra búsqueda de una nueva verdad, nos olvidamos de que la humildad y el saber escuchar, son cualidades esenciales para el entendimiento profundo. 

En el camino espiritual es esencial reconocer que, aunque cada ser humano posee un entendimiento único de la verdad, esta comprensión no es nunca absoluta ni inmutable. Las enseñanzas de grandes Maestros como Ismael Garzón Triana y su Obra, Los Estudios Astrales Espirituales Ante Dios, del Maestro León Denis, del Maestro Allan Kardec, y tanto otros mensajeros de Dios, están impregnadas de una profundidad que invita al estudio constante y a la reflexión. Este conocimiento, si bien es una guía para la humanidad, requiere la apertura y la disposición de quienes lo reciben para ser comprendido en su totalidad. 

Es importante recordar que el acceso a la sabiduría espiritual no es un proceso lineal ni cerrado, sino que se alimenta de la capacidad de escuchar, aprender, y sobre todo, de reconocer que ninguna perspectiva individual por enriquecida que esté, puede reclamarse como única o definitiva. En este sentido, cada estudiante es parte del mismo proceso de búsqueda, y su aporte es valioso y fundamental, pero debe entenderse que el entendimiento de las enseñanzas trasciende los límites de nuestra interpretación personal y ególatra. 

La verdadera autoridad en el camino espiritual no reside en la arrogancia de afirmar que sólo una persona y su entendimiento es válido, que sólo su discernimiento comprende y explica perfectamente las Leyes contenidas en una obra. Dicha autoridad radica principalmente en la moral del divulgador, y en su humildad al reconocer que la verdad se despliega a través del constante ejercicio del estudio, con el propósito de enseñar y aprender de los demás. El conocimiento genuino es el que se manifiesta cuando somos capaces de transcender las fronteras de nuestra mente limitada, dispuestos a recibir la guía de los Maestros y las Leyes Espirituales que nos ofrecen, sin imponer una visión exclusiva, ni cerrada. 

El estudio profundo de las obras espirituales requiere que nos acerquemos con humildad, reconociendo que, a pesar de nuestra dedicación, empeño y conocimiento adquirido, siempre habrá nuevas capas de comprensión por descubrir, nuevas formas de aplicar las enseñanzas a nuestras vidas, y sobre todo, un espacio para la evolución del alma. De esta manera, sólo a través de la unión de la razón, el corazón y el espíritu, podremos acercarnos verdaderamente al entendimiento profundo y auténtico. 

Las enseñanzas espirituales, especialmente aquellas que fueron legadas por Mensajeros de Dios para el bien de la humanidad, no están destinadas a ser propiedad exclusiva de nadie, ni a ser compartidas bajo el control de unos pocos. La sabiduría que se nos ofrece fue entregada con el propósito de ser difundida, estudiada y vivida por todos los seres humanos sin distinción ni limitaciones. Este conocimiento tiene un alcance universal, y su verdadero valor radica en su capacidad de iluminar las vidas de quienes lo buscan sinceramente, independientemente de su origen, creencias o circunstancias. Ningún espíritu está desheredado de estas Obras porque es el conocimiento de Dios, no de los hombres

Cuando se esconde, cuando se explica una enseñanza espiritual privadamente o se restringe su acceso, se corre el riesgo de distorsionar su mensaje original al alejarlo de su Propósito Divino y universal. Las enseñanzas auténticas no necesitan ser defendidas por la exclusividad ni por la manipulación del conocimiento; ellas se sostienen por su propia claridad, fuerza espiritual, y por la verdad que llevan dentro. Quien se abre a esta verdad, quien la escucha y la reflexiona con humildad, no debe temer a la crítica ni a la opinión de otros. Al contrario, el verdadero conocimiento espiritual invita a la reflexión, al diálogo, y al cuestionamiento constructivo. 

Es natural que, cuando se nos presenta un camino nuevo, busquemos guías que nos orienten. Sin embargo, es esencial que, al seguir una enseñanza no lo hagamos de forma ciega ni fanática

La verdadera fe en el conocimiento se nutre de la comprensión consciente, del amor al aprendizaje y del deseo sincero de llegar a la verdad, y no de la dependencia de una única fuente, o de una aislada interpretación. 

La invitación es, a no cerrarnos a las voces de otros, a no temer a las preguntas que puedan surgir, sino a ser valientes en nuestra búsqueda. El conocimiento espiritual no pertenece a los humanos sino al Gran Espíritu de Dios, fuente de toda Sabiduría que se expresa a través de todos y cada uno de nosotros. Al compartir y al debatir ideas de manera respetuosa, libre, y ante la presencia de todos, podemos acercarnos más a la esencia de la enseñanza que nos fue legada, que nos fue dada en custodia, sin miedo, sin fanatismo, sin egoísmo; pero sobre todo con amor, para abrir el corazón a la tolerancia y al entendimiento de las Leyes. 

Por ello, este camino de autoconocimiento debe estar marcado por la apertura, la investigación y el respeto mutuo. No se trata de comparar cuál creencia es más correcta, ni de imponer una manera de pensar a los demás. Cada ser humano se encuentra en una etapa distinta de su viaje, y lo que para uno puede ser verdad, para otro puede ser sólo un paso en el proceso de su evolución espiritual. Lo importante es reconocer a la humanidad y la búsqueda compartida que todos tenemos, sin importar las etiquetas religiosas o filosóficas con las que nos identificamos, o las que nos han impuesto. 

A aquellos que se sienten atrapados en las restricciones de una religión, que viven con miedo y culpa, les invito a mirar hacia adentro y a cuestionar lo que les han enseñado, porque el verdadero espíritu de la vida no está en el temor, sino en el amor, el respeto y la comprensión. No se trata de someterse a una autoridad externa, sino de descubrir la verdad interna, esa que se encuentra en nuestro ser más profundo en la búsqueda de Dios

Para quienes han abrazado la filosofía espiritual o espiritismo, no debemos caer en el error de pensar que poseemos la respuesta a todo, ni que nuestro camino es superior al de los demás. Aunque el espiritismo, por ejemplo, nos ofrece una comprensión clara de los principios de la vida y la muerte, no podemos arrogarnos el derecho de creer que somos los únicos que hemos comprendido la realidad del Universo. Cada corriente de pensamiento, cada religión tiene algo que ofrecer, algo que podemos aprender, si sólo dejamos de lado el orgullo y el ego. La verdad no es un destino final sino un viaje, un proceso continuo de aprendizaje, de comprensión y de transformación. 

Por lo tanto, no importa en qué etapa de este viaje nos encontremos, lo esencial es seguir preguntando, cuestionando, escuchando y abriendo nuestra mente y corazón. La sabiduría no se encuentra en los libros sagrados ni en las explicaciones de las autoridades religiosas, ni en la de los dirigentes de las filosofías espirituales; la verdadera sabiduría vibra en el espíritu, en la conexión con Dios, y en la capacidad de ver más allá de las creencias limitantes, de las fronteras de nuestra propia mente, de las etiquetas que la sociedad ha impuesto, y en buscar una comprensión más amplia y profunda de nuestro ser, y del Universo que nos rodea. 

El camino hacia el conocimiento no es recto, ni llano ni fácil, pero es libre. Y en esa libertad, encontramos nuestra verdadera esencia.


Por: -Héctor Fabio Cardona-
Gaceta Espírita Colombiana


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